¿El fin del vuelo espacial tripulado? Imprimir

El programa tripulado de los Estados Unidos se enfrenta a una grave crisis. El programa tripulado es errático, no existen objetivos claros y los que existen no pueden conseguirse por falta de dinero. ¿Estamos al final del camino?

El informe del Comité Augustine, que ha revisado los planes de la NASA para el vuelo tripulado, propone varias opciones. Marte podría quedar fuera, pero la Luna todavía estaría a nuestro alcance; los planes para llegar a los puntos de Lagrange o los asteroides son dudosos. Técnicamente todo esto es posible, pero no sucederá.
El problema no es el dinero. Los Estados Unidos pueden permitirse un gasto adicional de 3000 millones al año. Se trata de una cuestión psicológica. La NASA, el único actor en este teatro, no tiene ni idea de qué es el espacio y carece de audacia.

Hubo ciertamente audacia en 1961 cuando John F. Kennedy hizo público su desafío lunar. La línea clave no era poner un hombre en la Luna, lo más impresionante es hacerlo antes de 1970. Si Wernher Von Braun hubiera insistido que la Luna no era alcanzable antes de 1975, probablemente nunca habríamos llegado. La razón es porque para 1975 la presidencia de Kennedy sería algo lejano en la historia.

Por supuesto esto no sucedió, pero el razonamiento de Kennedy debió haber sido que en 1969, el habría recibido la gloria de un lanzamiento lunar con éxito.

Sencillamente todo esto podría implicar que la exploración espacial es incompatible con la democracia de los Estados Unidos. Un lanzamiento a Marte podría tardar 4 mandatos presidenciales al menos. Seguir una estrategia espacial a medio o largo plazo choca con una política cambiante, sin objetivos muy claros y con una implicación también variable y con todo esto es imposible conseguir gestas similares a las del proyecto Apolo.

El transbordador espacial es una máquina compleja y peligrosa. El hecho de que las alternativas de la NASA para su sustitución sean vehiculos desechables tipo Apolo es una clara señal de su fracaso

Otro gran problema es la herencia de algunas decisiones terriblemente equivocadas que dejaron a la NASA un transbordador espacial peligroso y una enorme estación espacial que no hace más que consumir recursos y es un objetivo muy poco atractivo.

Entonces, ¿hacia dónde vamos? Probablemente a ninguna parte. Creemos que el informe Augustine será lentamente olvidado. Después de todo no será la primera vez. En 1989 George Bush padre prometió también ir a la Luna y a Marte, y se quedó en nada. Tal vez el problema es que estas visiones sean demasiado sensatas, puesto que la exploración espacial humana necesita una dosis de locura, tal vez una apuesta fuerte como la de Kennedy.

Probablemente se mantendrá la Estación Espacial Internacional tercamente. Los transbordadores volarán algunas veces más; habrá algunos planes vagos, más estudios, exploración robótica, pero ningún intento serio por buscar vida alienígena: la razón de ser de la exploración espacial. Los sueños de exploradores espaciales deberán esperar.

La Estación Espacial Internacional genera gastos muy importantes a la NASA en cuanto a su construcción y mantenimiento. Mantener la estación implica renunciar a otros proyectos.

Para el astronauta canadiense Julie Payette, la transformación fue sorprendente. Desde su primera visita a la Estación Espacial Internacional en 1999 y su segunda visita en julio de este año, la base orbital había crecido desde un par de módulos vacíos y letárgicos a un gran complejo inundado de actividad humana. "Vamos a un lugar donde la gente vive", dice Payette.

Concebida en la guerra fría y reinventada como un emblema de la cooperación internacional, y repetidamente considerada como un proyecto mastodóntico, la Estación Espacial Internacional ha superado todos los obstáculos. El escepticismo continúa, y también en el programa tripulado. La crisis presupuestaria y el continuo cambio de objetivos no van a cambiar.

El hecho de poner un ser humano en el espacio es un escaparate de la capacidad y poderío de las superpotencias mundiales. Lo que prendió la mecha de la carrera entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, se ha transformado en un escenario en el que las naciones punteras del mundo moderno desean aparecer. Como en los juegos olímpicos se compite por el prestigio nacional. La entrada de China en este escenario no hace más que recordar al mundo y a sus competidores su capacidad y su relación de igualdad con las demás grandes potencias mundiales.

En los Estados Unidos los empleos y recursos materiales invertidos en el vuelo espacial tripulado son importantes y con una importancia política significativa. Mientras que Florida tenga un papel clave en determinar quién llega a la presidencia, nadie considerará a la ligera desmantelar el programa. Al comienzo de su carrera por la nominación, Barack Obama coqueteó con la idea de redirigir recursos de la NASA a la educación. La industria espacial no se sorprendió, y cuando llegó el momento de la lucha por llegar a la Casa Blanca, Obama había cambiado de idea.

Política aparte, existe una parte de la comunidad científica y tecnológica que no dejará morir el programa tripulado. Si los gobiernos considerasen desmantelar sus programas estas personas mantendrán el sueño vivo como iniciativa privada. No debería ser sorprendente que este grupo incluya algunas de las mentes más brillantes del planeta. La Tierra siempre se quedará pequeña para ellos, y la convicción de que la humanidad alcanzará algún día las estrellas es muy fuerte.